12/10/16

Crónica del 49º Festival de Sitges (Jornada V)

Por Carlos Rodríguez.

Jornada gris en Sitges. Y no porque el día haya venido lluvioso, no. Sino porque continúan las medianerías y el tedio se apodera de mí película tras película. A esto hay que sumarle un plus de sueño, de ese tipo especialmente virulento que sentimos los acreditados de prensa, que nos levantamos a diario antes de las 7 para reservar con la celeridad de un DeLorean a punto de viajar en el tiempo aquella entrada que prevemos es más jugosa, en pases con buenos horarios pero poco cupo para prensa (pues a nosotros se nos adjudican los horarios más intempestivos). Más flagrante es que muchas de estas películas se hallen compitiendo en Sección Oficial, pero entiendo que una Sección Oficial con treinta películas (una barbaridad), debe tener de todo.

Museum

Pues eso, nos adentramos en competición con otro thriller policíaco oriental como ya estamos viendo muchos en esta Edición del Festival. Se trata de la japonesa Museum, de Keishi Ohtomo. La historia bebe indudablemente de Seven, sin aportar nada nuevo, y la estética añade además un aire manga bastante marcado (se trata de una adaptación), muy habitual, como venimos viendo, en el cine nipón (lo cual, en la mayoría de los casos, me parece una importante rémora de la que no se saben zafar). Su factura es decente, con un manejo de la tensión más o menos medido, pero es demasiado tramposa, previsible, y deja las cosas a medio enunciar. La escritura es mayormente desastrosa, con diálogos vergonzantes y ocurrencias ridículas de la trama. Este pastiche de demasiados filmes conocidos no es nada memorable y tan pronto acaba, muere en tu recuerdo.

Mon Ange

Peor aún la belga Mon Ange, una afectadísima cinta romántica que deseas poder ver con un poco de insulina inyectable delante, para un momento de necesidad. La trama tiene cierta originalidad: un chico invisible, que nunca se ha relacionado con nadie, se enamora de una chica ciega que, por razones obvias, no es capaz de discernir la nula opacidad del novio, que se calla lo suyo como una perra. Ambos crecen, ella se opera de la vista y recupera el sentido, lo que puede suponer algún problema que otro en la relación… El limitadísimo núcleo dramático de esta película se reduce a esta breve sinopsis. No va más allá. No hay dirección, ni hay mensaje aunque se pretenda (esas disertaciones de primero de filosofía no sé a quién se las piensan vender). No solo el fondo es vacuo; la forma es empalagosa, cargada de primeros planos ultra iluminados, apoyándose en la belleza de su actriz principal (o actrices) hasta límites insospechados. Le concedo el mérito de alguna sutileza más o menos elegante, por ejemplo al rodar escenas de sexo (no era tan fácil de conseguir como podría sonar). El final no podía ser más inocente (para mal).

Pet

Aunque más digerible, Pet es otra cinta mayormente prescindible. Protagonizada por Dominic Monaghan y dirigida por Carles Torrens, no consigue urdir una trama mínimamente coherente, por lo que el castillo nace ya derribado. La estupidez de la trama apenas merece la pena ni ser explicada, pues ni el mismo guion se preocupa de justificar sus decisiones para hacerlas mínimamente verosímiles. Y como aquí ni el director tiene claro lo que nos quiere contar, enseguida uno se pierde en una cinta de 90 minutos que parecen 180. Además, el tratamiento de la violencia es exasperantemente poco imaginativo. Lo que debería servir como vehículo para manejar la tensión y los clímax, se hunde en un pozo de indiferencia, que casi roza el ridículo y la risa involuntaria.

In a Valley of Violence

Menos mal que una película ha salvado el día, y casi justifica el Festival en sí. Hablo de la última de Ti West, In a Valley of Violence. Se trata de un western cuyo tono homenajea al spaghetti, con la temática de la venganza como eje central en la trama. El personaje protagonista es épico pero también humano, y Ethan Hawke sabe otorgarle los matices y la presencia necesarios, con una interpretación magnífica. Ti West sabe moverse por diferentes tonalidades, a veces intimista, a veces cómico, o serio. La banda sonora apuesta decididamente por los recursos compositivos más característicos de los westerns italianos, con esa opulencia épica y esas instrumentaciones tan características. Los secundarios están excelentes también, a destacar un Travolta con un papel más que solvente que le viene al dedo. No se mueve en cotas dramáticas demasiado elevadas, y se le ven un poco las costuras, pero es modesta y consigue una complicidad con el espectador que hace que durante 100 minutos, te olvides de todo y disfrutes plenamente de la película, que es justo de lo que va esto del cine. Ojalá estuviese en Sección Oficial…