28/7/16

Salvajismo reprimido

Poster La Leyenda de Tarzan

Dir.: David Yates
Int.: Alexander Skarsgård, Samuel L. Jackson, Margot Robbie, Christoph Waltz, Djimon Hounsou, Jim Broadbent, Sidney Ralitsoele, Casper Crump
¿De qué va?: Han pasado varios años desde que Tarzán abandonase la selva en la que creció para llevar una vida aburguesada en Londres, bajo el nombre de John Clayton III y junto a su amada esposa Jane. Sin embargo, Tarzán regresa al Congo ante la invitación por parte del rey de Bélgica para realizar un viaje diplomático, tratándose en realidad de una trampa orquestada por el pérfido Leon Rom.

Reseña: Han pasado 84 años desde que el “hombro mono” creado por Edgar Rice Burroghs se convirtió en uno de los mayores iconos de la historia del cine a través de la figura del nadador olímpico Johnny Weissmüller, quien lo encarnó en hasta doce películas, haciendo suyo el distintivo grito creado para su personaje. Tanto el cine como el público que lo consume ha perdido la ingenuidad y capacidad de asombro que se destilaba por aquel entonces. Los tiempos han cambiado, la industria cinematográfica también, siendo bastante curioso que, tanto Tarzán de los monos como la actual La leyenda de Tarzán, son un fiel reflejo del Hollywood de su respectiva época, o al menos de lo que los grandes estudios creen que demandan los espectadores.

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Porque este reboot de la franquicia de Tarzán encaja perfectamente con el patrón que ha implantado Warner con sus blockbusters a raíz del éxito de los Batman de Christopher Nolan: la remodelación de un personaje mítico desde una perspectiva seria, realista y, oh sí, oscura. También debe ser autoconsciente, haciendo alguna referencia irónica a sus grandes señas de identidad, y ser adaptada a los tiempos que corren, aunque al final todo sea de boquilla, y es que por mucho que digan que la Jane a la que da vida Margot Robbie es una mujer resuelta, aguerrida y adelantada a su tiempo, su papel en la trama resulta meramente instrumental. Este Tarzán es un hombre de sempiterno ceño fruncido con un conflicto interior basado en la renuncia o no de aquel lado primitivo y salvaje que abandonó años atrás para ser reinsertado en la sociedad. No es desdeñable en absoluto, pero la película nunca termina de indagar lo suficiente en él, quedando inconcluso como casi todo lo demás.

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La era de la información es contraproducente para las películas. Es muy difícil afrontar una película sin tener una idea preconcebida, ya sea por las opiniones de los que ya la hayan visto o por lo que se sabe del proceso de creación de la propia cinta. En el caso de La leyenda de Tarzán, sabíamos que su estreno se retrasó un año por problemas en la fase de posproducción, con su director, David Yates, rodando otra película sin haberla terminado y disparando su presupuesto hasta unos desorbitados 180 millones de dólares. Desconocemos adónde fue a parar esa suma de dinero. Cuesta creer que haya sido para los efectos especiales, porque tanto los escenarios como los animales se sienten digitales a la legua, lo cual enfatiza la artificialidad en la que está sumida el film. Estrenarse poco después de El libro de la selva le hace un flaco favor, pues la fauna de aquella, aun hablando, parecía más real. Más grave aún resulta la sensación de que faltan planos en las secuencias más trepidantes, sucediéndose la acción de forma confusa y atropellada.

LEGEND OF TARZAN

No todo es malo. La película resulta bastante digna y entretenida hasta la llegada de un último tercio tan avasallador como absurdo, un empacho de CGI sin sentido. En cuanto al reparto, cumple sin honores, básicamente porque no se tomó ningún riesgo a la hora de hacer el casting, seleccionando actores que dan el pego con cada personaje por una simple cuestión de familiaridad, de tal forma que se confirma que Christoph Waltz está encasilladísimo como villano tan cruel como educado. A Alexander Skarsgård no le funciona su mirada intensa tan bien como en True Blood y su encarnación de Tarzán queda bastante fría, distante, con tanto miedo al ridículo que en las dos únicas veces que hace su característico grito no se le ve, está fuera de campo. A fin de cuentas, lo peor de la película no son sus efectos especiales de saldo, sino la ausencia de ese desparpajo y sentido de la aventura que alzó a Johnny Weissmüller como el hombre mono que se ganó el cariño incondicional del público.

4’5/10