4/10/11

El rincón de Chechu: Por los viejos tiempos

Aunque tenga veintitrés años, me sigue gustando reír y disfrutar como si fuese un niño. Como si aquel chiquillo que describí en mi primer texto viviese todavía dentro de mí, agazapado en mis días y en mis noches, en las rutinas, en las tensiones, en el amor y en el pensamiento, para salir de vez en cuando a gritar maravillado o a pasárselo bomba delante de una pantalla. Recordando el fuego infernal en Bambi o los puñetazos mortíferos de Vexeta (versión galega) en Dragon Ball, los goles imposibles de Oliver Atom o el ‘larga vida al Rey’ que pronuncia Scar, segundos antes de matar a Mufasa, con toda la rabia y la maldad del mundo.

Scar 
Hoy ese rapaz alocado y hablador que era quiere dirigirse a ustedes desde aquí. Lleva unos cuantos días golpeándome por dentro y diciéndome que, por una vez, le deje escribir a él. Que me aparte una semana de las críticas, de la mala leche, del cine de autor o de lo que sea que esté escribiendo este nuevo curso y le deje rienda suelta, le permita decirles lo mucho que ha disfrutado y disfruta con el anime y lo importantes que son, y siempre serán, los dibujos animados. Así que ahí va. Le dejo a él que os cuente lo que quiera. Tengan en cuenta que tiene diez años y que aún está en Primaria, que vive en A Coruña y que su única preocupación es jugar, y volver a casa manchado, y merendar viendo la tele.

“Vengo del cole a las cinco, caminando, porque vivo al lado y sólo me lleva dos minutos. Mi madre está en casa y cuando me abre la puerta, subo las escaleras corriendo. Dejo la mochila en la habitación y me quito los zapatos. Tiro el jersey del uniforme encima de la cama y salgo de nuevo al pasillo, que casi no piso porque de un salto estoy otra vez bajando las escaleras. Mi hermano hace lo mismo que yo, pero más despacio porque es tranquilo. Noto los calcetines resbalar por el parqué de los escalones y oigo a mi madre decir desde el salón ‘¡Ten cuidado, que te vas a partir la crisma!’ Pero no me importa: soy muy ágil. Cuando llego al sofá me siento a su lado y cojo el bocadillo que hay sobre la mesa. Elijo el más grande de los dos porque siempre llego antes que mi hermano, y creo, como le llevo dos años, que necesito más comida que él. Mi madre cambia el canal y aparece un logotipo azul en la esquina inferior derecha de la pantalla: TVG. Comienza a sonar una canción pegadiza que, por supuesto, me sé de memoria.

Dragon BallAtravesei, unha nube brillante atravesei, atravesei; o meu pelo tinguiuse de moitas cores distintas…’. Así empieza cada capítulo de Dragon Ball Z, todos los días, delante de mí y de mi hermano. Mientras comemos el bocadillo, que a veces es de paté, a veces de Nocilla, a veces de chorizo, vemos cómo Son Gohan destruye uno a uno a los hijos de Célula, que habían comenzado a sembrar el caos, y cómo sube de nivel hasta el tres, hasta convertirse en Súper Guerreiro, y cómo el pelo se le vuelve amarillo y se dispara hacia el cielo. A mí me gusta mucho Vexeta porque, aunque no es tan poderoso como Son Goku y algunos enemigos, él piensa que sí lo es, y no deja de fanfarronear ante todos y de decir comentarios graciosos y despectivos: después de amenazar durante varios minutos a Célula con matarlo, el bicho le da una bofetada y el pobre Vexeta acaba haciendo un agujero en la montaña, tirado, medio muerto, rodeado de escombros, pero sin perder la sonrisa picarona y desafiante.

Vegeta 
Hay gente que dice que las peleas en esta serie pueden afectarnos de forma negativa; yo no sé nada de eso. Me lo paso genial comiendo el bocadillo y escuchando a Piccolo dar consejos. O viendo cómo Yamcha es un pringao y a nadie le gusta y no es apenas fuerte, o cómo Satán es un farsante y tiene engañados a todos los humanos porque después, ante las luchas reales, se caga de miedo. Yo luego llego al cole y a veces en el patio jugamos a eso, a Dragon Ball, peleando pero sin hacernos daño. Y supongo que mi padre también jugaría a peleas aunque no viese dibujos porque creo que los niños somos así. Pero es mucho más divertido pensar que un amigo tuyo es Freezer y que tú eres Toráns (Trunks en castellano), que luchar siendo simplemente dos compañeros del cole.

Oliver y Benji 
Cuando acaba Dragon Ball yo ya no tengo bocata porque un capítulo dura bastante y, cuando llego por la tarde del cole, tengo mucha hambre. Pero después empieza Campeones, los dibujos de Oliver y Benji, y me quedo a verlos con mi hermano. Hay muchísimas cosas que aprender de ellos: la catapulta infernal de los hermanos Terry, los tiros potentísimos de Mark Lenders, el corazón –nunca mejor dicho- de Julian Ross y su deportividad, el pase perfecto de Tom Baker. Es muy exagerado porque desde una portería no se ve la otra, y eso en los partidos de verdad no pasa, pero a mí me emociona ver cómo Oliver se enfrenta a todos y cómo Benji hace paradas imposibles, porque cuando un balón cambia de trayectoria y él está en el aire, se apoya en el poste y vuela hacia el otro lado de la portería. Mi padre es portero de fútbol y yo juro que una vez lo vi hacer algo parecido. Y también algunas veces juega lesionado y salva a su equipo, así que no sé. Hay cosas que no se pueden hacer pero hay otras que sí. Y con las finales entre el New Team y el Toho me ponía nervioso porque nunca acababan y al final todos se quedaban tirados en el suelo del cansancio, e incluso una vez ganaron los dos equipos porque nadie podía marcar después de cinco prórrogas. Y a mi hermano y a mí nos decepcionó un poco porque queríamos que ganara Oliver. Luego, en el cole, me imagino que soy él y que juego en el Dépor cuando marco y las niñas me ven.

Malefica Después de un rato acaba también Campeones y a veces nos quedamos viendo el final de Xabarín Club, con Seguriño y con los pingüinos. Y si no tenemos deberes, antes de cenar ponemos una peli de Disney. A mí la que más me gusta es La Sirenita. Me sé de memoria todos los diálogos y me encanta Sebastián, el cangrejo rojo. Ariel también me gusta porque es muy guapa y, aunque sea un pez, si estuviese en mi clase querría que fuera mi novia. Es dulce y pelirroja. Y Úrsula la engaña para robarle la voz a cambio de hacerla humana. Maldita Úrsula. Otras veces vemos La bella y la bestia, o La bella durmiente; más veces la de la bestia porque Maléfica, la hechicera maligna de La bella durmiente, me da bastante miedo y algunas noches me la imagino saliendo del armario, con esos dedos verdes y afilados, con su cuervo sobre el hombro. Y después no puedo dormir. Así que me gusta más La bella y la bestia. El monstruo es bueno en el fondo y me hace mucha gracia Lumière, el candelabro, porque siempre está ligando con las escobas sirvientas. Además el baile que hace en el festín es genial. La bestia, al principio, da mucho respeto, y me encanta cuando se le ve por primera vez en la mazmorra, iluminado desde arriba, poco a poco, por la luz que entra de la ventana.

Bestia 
Luego, cuando la película acaba, mi hermano y yo cenamos en la cocina, nos duchamos y vamos a dormir, porque al día siguiente hay clase otra vez y otra vez más llegaremos a las cinco de la tarde. Y un día más veremos Dragon Ball Z, y Campeones, y películas de Disney, y nos iremos a dormir contentos, después de haber pasado una tarde luchando, ganando campeonatos y viviendo aventuras fantásticas, debajo del mar, en castillos lejanos, o en algún bosque perdido que luego, en el colegio y en nuestra mente, puede ser cualquier charco, cualquier partido o cualquier árbol de la calle.”

Caballeros del zodiaco 
Pues ya ven. Hoy les ha hablado un chiquillo de diez años. Qué bien se lo pasaba y con qué poco. Sólo dibujos, aventuras que en su mente se hacían eternas y reales, posibles, y que lo ayudaban a crecer y a ser feliz, a disfrutar de la vida sin preocupaciones ni tensión, a ser sencillamente un niño. Pero qué quieren que les diga. Yo todavía tengo en el disco duro Dragon Ball Z, y los Caballeros del Zodiaco. Y aunque cuento veintitrés ya, y hoy me tengo que hacer la comida y he ido por la mañana a la universidad, y tendré que ir por la tarde, y mi madre no me va a preparar un bocata de Nocilla a las cinco, quizás cuando llegue de noche apague las luces, me tumbe en cama y vea un par de capítulos de Son Goku. A oscuras, descansando, antes de dormir. Ya saben. Por los viejos tiempos y porque uno, por mucho que crezca y por muchas preocupaciones que tenga, nunca deja de ser un niño y nunca debe dejar de soñar.

2 comentarios:

xoanseca dijo...

He disfrutado mucho este artículo, a pesar de que esas no son las series que yo recuerdo de mi infancia (1960). Yo de pequeño soñaba con ser el héroe que salva a todos de los malos y acaba malherido, pero con la chica. No está mal eso de jugar lesionado y salvar al equipo; es también bastante heroico.
"Por los viejos tiempos y porque uno, por mucho que crezca y por muchas preocupaciones que tenga, nunca deja de ser un niño y nunca debe dejar de soñar". Subscribo totalmente esta frase; me hubiese gustado ser su autor y ponerla como comentario a este entrañable artículo.

El_pequeño_cachetón dijo...

Chechu has conseguido que me vuelva a emocionar leyéndote, tu relato ha hecho que me transporte de nuevo a mi infancia, muy parecida a la tuya, y a recordar esos momentos de felicidad en la que no existían problemas ni preocupaciones en nuestras vidas, a rememorar las series de animación que nos acompañaron de niños y que tantos minutos nos robaron.

Casualmente hace unas noches no podía dormir y haciendo zapping a altas horas de la madrugada encontré un canal infantil en el que están reponiendo Dragon Ball Z. Fui testigo de nuevo del combate entre Vegeta y el androide C20. jajaja, impresionante, una serie que quedará en la mente de todos.

Te felicito por esta entrada, ¡eres un crack!