18/10/11

El rincón de Chechu: Niños perdidos

Hay pocas películas que sigan la vida de un niño hasta que se hace adulto. Y todavía menos que lo hagan metiéndose en sus emociones desde fuera, que nos dejen ver, cámara en mano, qué siente el personaje en cada uno de sus pasos, cada vez que su madre no le hace caso o cada vez que en el colegio lo castigan. Yo sólo conozco de esa manera a uno; sólo he visto crecer, madurar, casarse, a una persona que con diez años se escapó hacia la playa, con veintipocos robó besos frescos y volátiles, y con treinta compartió cama y vida con su mujer y con otras mujeres exóticas. Supongo que sabrán de quién les estoy hablando. No existe, por supuesto: es una invención. Nunca ha pisado verdaderamente Francia: es ficción. Pero en mi mente y en mi corazón, en mis ojos cuando lo han seguido caminar, está vivo y representa una parte de mi niñez, de mi adolescencia, de mi historia. Antoine Doinel no es sólo cine y no es sólo el personaje más entrañable de Truffaut. Él es. Él está. Él envejece ahora, mientras tecleo esta página, en algún patio interior de París.

Poster Les 400 coupsLa primera vez que vi Los cuatrocientos golpes era demasiado pequeño  para encontrar en ella algo más que blanco y negro, levedad y un largo plano secuencia junto a la playa. No recuerdo siquiera dónde ni cuándo me la encontré. ¿No les ocurre eso? De pronto ven una película y saben que la conocen, flota de pronto un rostro, un personaje antes sus ojos y se dicen: ‘¡Eh! Ésto ya lo he visto.’ Pues así me sentí yo cuando, en primero de Magisterio, apareció de nuevo ante mis ojos el niño Doinel. En su escuela rígida, frente al amante de su madre, planeando la huida en plano largo hacia un lugar que no conoce y en el que nada ocurre porque todo es libre: el mar. Seguí de nuevo los zapatos escolares de aquel chiquillo que conocía vagamente. Me perdí con él en la vida difusa de su familia, en las pizarras verdes y gastadas, en las palabras severas de un profesor, y me impresionó la levedad de la cámara, la ligereza de la historia, el rumor con el que Truffaut descendía sutil hacia el corazón del niño y cómo lo abría, para dejarlo descubierto, sangrando, palpitando, delante de todos nosotros. ‘No puede ser ficción’, me dije. ‘Estas palabras se han dicho ya y él las ha visto. Esta película tiene la espontaneidad de un documental y la fuerza del cine.’ Fue así cómo conocí la Nouvelle vague y cómo comencé a introducirme en ella, seducido por su movimiento fugaz, por su aire de retazo vital, por su carrera simbólica y emocionante hacia la libertad y los sueños.

Los 400 golpes 
Pero no voy a ser yo el que ahora les cuente lo que fue y lo que todavía  significa este movimiento. La rotura con el clasicismo, la naturalidad de la iluminación rebotada, más propia de la rutina que de la pantalla de cine, la cámara al hombro, los planos largos, el seguimiento de los actores, la juventud y frescura de unas historias reales, de personas, de todos ellos y de todos nosotros. Una época rompedora, con Godard, con Truffaut, con Resnais, que removió los cimientos de la cinematografía y que provocó un cambio brutal y definitivo en la forma de contar historias. Incluso el reciente Dogma 95 bebe de aquella nueva ola, casi imitándola, casi calcándola, pero en la era digital y desesperanzada que ahora vivimos.

Poster Besos robadosBaisers volés comienza de forma maravillosa, con la canción Que reste-t-il de nos amours?, de Trenet, que dice algo así como que del amor quedan fotografías, pequeños regalos, caras antiguas y besos robados. Antoine Doinel es ahora un joven de veinticuatro años, recién expulsado del ejército por insubordinación, que sobrevive en pequeños trabajos, se reencuentra con su novia y conoce a nuevas mujeres. Y vemos cómo la frustración y las dificultades vividas en Los cuatrocientos golpes, primero familiares, luego sociales, afectan a su forma de ser y lo marcan, haciéndolo incapaz de amar larga y verdaderamente, sumergiéndolo en una búsqueda constante y ligera, despreocupada, de besos y de nuevos labios que robar, de personas y de emociones que nunca le llegan al alma y que no lo atan, que jamás lo atan, a nada ni a nadie. Una película profunda y equilibrada, con ese tono gracioso y picaresco del propio Jean-Pierre Léaud, con esa volatilidad y esa alegría melancólica por el pasado, esa confusión y esperanza por el futuro, esa levedad del presente.

Poster Domicilio conyugal Así que me fui directo a Domicilio conyugal, la siguiente parte de su vida, y me lo encontré casado con una profesora de violín, vendiendo flores coloreadas, caminando por los patios interiores de París y brujuleando en otras personas, mujeres a las que seguía mirando con esos ojos aniñados e inmaduros que su infancia le había dejado. Me lo encontré teniendo una aventura exótica, extraña, en la que seguía buscando exactamente lo mismo que en aquella huida hacia el mar de cuando era chiquillo, que en aquellos besos robados de cuando era veinteañero. Vivía rodeado de vecinos que se inmiscuían en sus asuntos igual que aquel maestro, de una mujer que lo controlaba igual que aquel maestro, de un trabajo que le aburría igual que aquel maestro, de una familia y un hijo que lo agobiaban igual que la suya. Y sin embargo, tenía alegría y sonreía. Escapaba, sí, y dañaba quizás a los que lo querían; pero lo hacía porque seguía siendo una víctima, un niño al que habían castigado injustamente, un chiquillo que había descubierto a su madre con un amante, un joven al que habían echado del trabajo y del ejército. Lo hacía por todo esto, y lo hacía levemente y con esperanza, con el brillo del que está perdido pero no es consciente de ello, con la ingenua cara feliz de la levedad del ser.

Domicilio conyugal 
Yo quiero a Antoine Doinel como si fuera amigo mío. Yo lo recuerdo y lo visito de vez en cuando, en su patio interior, a la vista de todo el barrio, mientras colorea flores muertas para venderlas por dos duros. A veces lo acompaño a la casa de una mujer japonesa, y a veces a un trabajo del que no sabe nada y para el que no está cualificado. Veo en sus ojos el reflejo de aquel mar hacia el que huía, y le hablo directo y emocionado, con ganas de ayudarlo, y le digo que él no conoció realmente el mar en aquella carrera desesperada, que no sintió nunca un beso real, que no ha amado todavía y que debe madurar de una vez. Pero él me mira con esa sonrisa de niño, con la felicidad del que espera caminando, y puedo ver en sus ojos aquellas tizas, aquellas discusiones familiares y todas aquellas mujeres, y entonces me callo. Porque en realidad Antoine Doinel no existe; está en una pantalla. Y porque quizás él, desde esa pantalla en la que vive, esté pensando lo mismo de mí, y no se atreva a decírmelo, porque aún me queda mucho por vivir y mucho por buscar, y no he pasado ni por la mitad de lo que ha pasado él, y quizás yo sea también un niño perdido en el fondo de su pantalla.

2 comentarios:

Raquel dijo...

Ahí entreveo como las clases de Narrativa aflorar. Esa Nouvelle Vague, que tantas veces he escuchado este año...

La historia de los Cuatrocientos golpes es maravillosa. Creo que la vi a los 16, más pérdida de lo que estaba el propio Doinel. Desde entonces nunca la he olvidado. La escena de la escapada de los niños, que van desapareciendo uno a uno en una excursión por las calles de París no la olvidaré nunca, me hizo reír muchisimo, en cuanto al final...uno de los mejores que he visto en cine.

Será porque yo también como Doinel, he pasado toda mi infancia soñando con echar a correr lejos y encontrarme con el mar. Compartí seguramente la edad en otro tiempo, la fuga, los miedos... Lo bueno de la vida de Doinel es que en realidad su vida si tiene una vuelta atrás. Basta con verle de nuevo en las calles de París en los cuatrocientos golpes.

David C. dijo...

Genial entrada.

Con Doinel yo tengo en comun las mujeres, mis historias con las mujeres, cada una más exótica. Por eso uno le agarra cariño al personaje y al cine de Truffaut. Por ejemplo una película que no es de Doinel, pero es como si fuera suya, es "El hombre que amaba a las mujeres" un filme que lo he visto como 5 o 6 veces, no me aburre para nada. Es más quiero volver a verlo estos días. Truffaut es un genio para hablar del amor y de las mujeres, las conoce muy bien.

Saludos.

David C.