30/5/16

Un día en el 18º FICMEC

Ficmec

Hoy 30 de mayo, día de Canarias, es la clausura del 18º Festival Internacional de Cine Medioambiental de Canarias (FICMEC), que se lleva desarrollando desde hace cuatro años en Garachico, un pueblo costero del norte de la isla de Tenerife con una gran historia detrás; antaño fue la capital económica de la isla, pero una serie de catástrofes, erupción volcánica incluida, terminó con su liderazgo, no así con el encanto que desprende el lugar. Garachico es un perfecto emplazamiento para este festival cuyo eslogan, “Tiempo para pensar”, resume perfectamente su espíritu reflexivo en torno a las relaciones del hombre con el medio ambiente. Ayer pasé el día disfrutando del festival y a continuación cuento lo que dio de sí la jornada.

 

Poster Las abuelas de ChernobilLa programación oficial para el domingo 29 arrancaba a las 12.00 horas con la exhibición del documental Las abuelas de Chernóbil (The Babushkas of Chernobyl, 2015) pero la inesperada presencia en el festival de Kurt Diemberger, alpinista alemán y uno de los protagonistas del film K2-Tocando el cielo, programada para la tarde, propició la proyección de tres pequeños videos sobre sus escaladas y un turno de preguntas del público. Terminado el encuentro, empezó el documental dirigido por Anne Bogart y Holly Morris sobre las mujeres ucranianas que, tras el escape radiactivo de la base nuclear de Chernóbil, decidieron desafiar a las autoridades y poner en peligro su salud volviendo a sus hogares, situados en la conocida como “zona de exclusión”.

Las abuelas de Chernobil

El documental funciona tremendamente bien gracias a lo entrañables y cachondas que resultan ser las abuelas de Chernóbil, en contraste con el aislamiento, la soledad y el entorno decante en el que viven. También hay cabida en la cinta para abordar las secuelas de la radioactividad y la temeridad de aquellos jóvenes que se cuelan en la zona de exclusión para visitar las ruinas, lo cual no deja de ser interesante, pero con lo que nos vamos a quedar del conjunto es con esas conmovedoras señoras que han luchado contra la adversidad y han sobrevivido a un desastre nuclear sin perder la sonrisa, aferrándose a sus hogares, alimentándose de lo que cultivan en esas tierras contaminadas que no dejan de ser suyas, y donde permanecerán hasta el fin de sus días.

 

Poster El abrazo de la serpienteTras la proyección, comimos en un puesto de hamburguesas y cervezas ecológicas muy ricas y descansamos un poco porque a las 17.00 h. arrancaba la proyección de la colombiana El abrazo de la serpiente (2015), nominada a mejor película de habla no inglesa en la última edición de los Oscar. El film de Ciro Guerra se centra en Karamakate, un poderoso chamán del Amazonas, último superviviente de su pueblo, que vive en un aislamiento voluntario en lo más profundo de la selva. Un día se encuentra con Evan, un etnobotánico que va en busca de una poderosa planta sagrada. Juntos emprenden un viaje que avivará los recuerdos perdidos de Karamakate, que ya realizó hace tiempo un viaje similar junto a otro explorador en busca de la misma planta.

El abrazo de la serpiente

A lo largo de sus dos horas de metraje, El abrazo de la serpiente no deja de plantear cuestiones interesantes, valiéndose de la alternancia entre dos líneas temporales diferentes para reflexionar sobre la fe, la religión, las luces y las sombras del intervencionismo en las tribus nativas, el medio ambiente o la naturaleza destructiva del ser humano. Todo ello acompañado por una fotografía en blanco y negro que enfatiza el carácter misterioso, húmedo y místico del Amazonas. Sin embargo, su ritmo pausado y denso no la convierte en la película más idónea para visionar a la hora de la siesta, menos aún sentado en una silla que a la larga se hace bastante incómoda. En cualquier caso, es una muy buena película que se vale del género de aventuras para crear una expedición introspectiva sobre la complicada relación entre las poblaciones nativas y las conocidas como “civilizadas”.

 

Poster RamsMedia hora después del final de El abrazo de la serpiente arrancaba la proyección (con llenazo absoluto) de K2-Tocando el cielo, documental que gira en torno al verano de 1989, en el que la montaña acabó con la vida de 13 alpinistas. Lamentablemente tuve que saltarme la sesión porque necesitaba reponer fuerzas para estar en condiciones de ver la última película de la jornada, Rams (El valle de los carneros, 2015). Se trata de una producción islandesa dirigida por Grímur Hákonarson, ganadora del premio a mejor película tanto del último Festival de Valladolid como de la sección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes del año pasado. Cuenta la historia de dos hermanos que, a pesar de ser vecinos y compartir la pasión por los rebaños de carneros, no se hablan desde hace 40 años. Todo cambiará cuando un virus pone en peligro la cría de estos animales en el valle donde residen.

Rams

Rams es una película muy curiosa, parca en palabras y aparentemente tan fría como los paisajes en los que se ambienta, que luego sorprende con unas notas de humor muy cálidas y efectivas, al tiempo que desarrolla la arisca relación entre esos dos hermanos tan testarudos como solitarios y apegados a sus carneros. Se trata de una historia mínima que parece detenida en el tiempo, en ese majestuoso valle del que parece que se puede respirar su aire puro, y que contiene imágenes poderosísimas, pero ninguna como la que cierra el film: tierna, dolorosa, humana y perfecta. Tuve que arrancar los aplausos en la sala porque el público se había quedado entumecido con ese desenlace.

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Tras la proyección, empezó un concierto de jazz en la plaza, pero el cansancio acumulado del día y el trayecto por carretera que me esperaba de vuelta a casa fueron dos poderosas razones para perdérmelo. Atrás había quedado un día de buen cine con conciencia ecológica y una pequeña aproximación al FICMEC, que me ha dejado con muchas ganas de repetir el año que viene… y de comprobar si alguna de las películas que vi rasca algo en el palmarés.