14/12/12

El rincón de Chechu: Ocho años

Me dijeron que corriste a sentarte para leer ese libro que yo te regalaba, por manos de mi madre, al cabo de un cumpleaños. No pude verte: vivo muy lejos de ti, en espacio y en tiempo; pero mi madre me contó tu reacción —con esa forma que tiene de comunicar, siempre ilusionada y dulce, ya lo notarás cuando crezcas, o quizá lo percibes ya desde la infancia tardía, qué sé yo—. El caso es que comenzaste a leer de inmediato, rodeado de un centro comercial. Es curiosa la fragmentación tuya, esa que pertenece al tiempo igual que todos vivimos, pero que no es el mismo para un niño que para un muchacho como yo, o qué decir para tus padres, o qué lejos nos quedan a ambos los abuelos. Pero tú leíste y gracias a mi madre puedo verte allí, en medio de la absoluta claridad y el ruido, sentado, con los ojos fijos en Viaje al centro de la Tierra 

Viaje al centro de la Tierra2

Cuando fui a la feria a buscarte un regalo, me quedé parado en la Plaza Mayor (algún día conocerás Salamanca, la ciudad en que vivo, y quizá en algún momento permanezcas como yo clavado en la plaza, mirando alrededor, y recuerdes la palma de la mano de Castilla, y pienses que la plaza es esa palma pero engarzada en arcadas, como yo pensé). Parado en un instante mientras decidía a dónde ir: a los puestos de literatura infantil, o a los otros. Pero no decidí nada, y me dejé arrastrar, lentamente, mientras hacía memoria y me asaltaban las Narraciones extraordinarias, un poco precipitado, El doctor Jekyll y Mister Hyde, qué desliz por mi parte, La isla del tesoro, aún es pronto para que lo aprecie en su justa medida, El hobbit, perderá su encanto en las salas navideñas, Salgari, ¿entenderá la amargura del Corsario Negro?... Y así, por espacio de varios minutos, caminé entre los puestos pensando en mi yo infantil como si en algún momento hubiese sido tú.

Plaza Mayor

El tiempo, que no es el mismo para nadie. Entonces pensé en ti —en lo que tú eres para mí, que es quizá muy diferente a lo que eres—, y se me encabalgaron en los ojos mil imágenes dispersas: tú cuando eras bebé, un día de invierno, embutido en el cochecito rojo, mientras paseábamos todos por aquel pinar: tú en los momentos en que creciste de golpe, navidad tras navidad, descamisado y jugando en sudor infantil, revolcándote en la alfombra como una trucha: tú cuando salimos a volar el avión teledirigido al jardín, y se me quedó estrellado en el tejado, cómo me miraste y tu miedo al verme trepar por la pared, deseando que no se hubiese roto: tú en bañador, bronceado y rubio, subiendo las escaleras de casa sin darte cuenta de que te miro desde el salón, por encima del libro: tú con tus gritos de emoción al marcarme gol en las porterías de plástico, bajo el único manzano que permanece de los tres que, cuando yo era niño, agarraban desde nuestro patio el cielo con las manos.

Entonces la poesía. Se me ocurrió la poesía, al recordarte, porque está fuera del tiempo como lo estamos tú y yo, y como en definitiva lo estamos todos, aunque no nos demos cuenta. Gloria Fuertes, pero no quise ejercer de maestro, algún libro en gallego, ¡Estoy en Salamanca!, pensé de pronto… y se me ocurrió que yo aprendí de memoria Enorme tronco que arrastró la ola, / yace el caimán varado en la ribera; / espinazo de abrupta cordillera, / fauces de abismo y formidable cola. O que desde aquellas sábanas tibias, cuando tenía la misma edad que tú y mi madre me leía poemas antes de dormir, me imagino como un sueño resbalar la vida. Era algo, la poesía, a lo que yo no te podía empujar, porque surge de un lugar desconocido, y nadie y menos yo debería regalarte a los ocho años un libro de poemas. Sólo la magia de tu infancia puede conectar con la magia del poema, quizá desde la voz cálida de una madre, quizá en medio de qué extraño azar. No iba a ser yo capaz de tomar partido. Quizá la poesía sea una eterna infancia.

Julio Verne

Y los vi, apretados al fondo del estante. Era una colección ilustrada de Julio Verne, e inmediatamente me acerqué a la mujer y le pedí uno para ojearlo. Qué dibujos a lápiz, pensé, y entonces se encendieron en mí otros recuerdos: tu padre. Tu padre que es mi padrino, de la misma forma que yo soy el tuyo. Él, cuando era joven, tenía el pelo largo (muy parecido a como lo tienes tú ahora, pero en color más oscuro, tú has heredado el rubio materno, y eres nuevo portador de la mezcla infinita de la vida), y cuidaba de mi tortuga porque yo no era constante, la cuidó hasta que se hizo enorme. Tu padre fue para mí un padrino fantástico, me iluminó tantas veces la imaginación, tantas veces el juego bruto de los hombres, la pesca de lubinas entre las rocas… y me hizo tantos dibujos. Tu padre es capaz de dibujarse, en sus dibujos se ve quién es, y cómo siente. Las ilustraciones de Viaje al centro de la Tierra me hicieron pensar en El lazarón, libro de cuentos fabuloso que publicó nuestro abuelo Bernardo, después de ganar el premio Tiflos. A Lelo ya no lo conociste, pero sabes que era un faro que nos iluminaba a todos, a pesar de su ceguera. Pues aquel libro, El lazarón, lo ilustró tu padre. Y una vez me dibujó un elefante encima de una pelota, y un Superman ondeando su capa. No sé dónde estarán aquellos dibujos, pero supe al abrir el libro que había encontrado tu regalo.

Porque, verás, en medio de la plaza, entendí cómo debía funcionar nuestra relación en aquel momento. Yo no debía comprarte un libro que me hubiese marcado a mí de niño, porque yo no soy tú y ni siquiera sé qué eres tú, en realidad, y el tiempo cambia todo de forma tan atroz y tan salvaje. Tampoco debía regalarte poesía, porque tú estás en ella y eres capaz de hablar con el lagarto y la lagarta, mientras lloran, con delantalitos blancos, y quizá eres también capaz de buscar su anillo y encontrarlo, y hacer que dejen de llorar. Viaje al centro de la Tierra es un libro que yo nunca leí, ni de niño ni hasta ahora, que está dibujado de forma parecida a la que dibujaba tu padre cuando era joven. Y que era, además, la novela favorita de nuestro abuelo, que nunca conociste.

Viaje al centro de la TierraAsí que me lo llevé, pensando amargamente en que los videojuegos y las niñas del cole que te persiguen (tu pelo rubio, pequeño demonio) no te iban a dejar leerlo. Pero al cabo de unos días me llamó mi madre, y me contó cómo te apartaste, en el centro comercial, y te sentaste a leerlo. Y fui consciente de que quizá estuviese ahí la cifra del mundo, en esos dibujos, en ese Viaje al centro de la Tierra que Lelo veneraba y que yo nunca leeré, porque ha pasado directamente a ti, sin interferencias. Quizá te transporte a otros lugares, a aventuras imposibles, pero lo que yo deseo es que te mantenga como estás, fuera del tiempo, en esa infancia que tarde o temprano acabarás perdiendo. Y cuando la pierdas, será el momento de la poesía, y yo seré otra persona distinta a la que soy, como tú, y entonces podremos hablar, tristemente, de los tres manzanos que había en el jardín cuando yo era niño, del único que quedaba cuando lo eras tú, y de lo vacío que se habrá quedado el patio sin ellos, de lo azul que se verá la ría sin hojas que la dibujen de lunares verdes.

A Daniel, mi ahijado, que acaba de cumplir ocho años.

6 comentarios:

Raquel E. Mediavilla dijo...

Vaya dos preciosos regalos. El libro y este maravilloso texto.

Y qué bonita la edad de 8 años.

noni dijo...

chechu, eres genial, mil gracias; dani ha adivinado que eras tú desde el primer párrafo

Cristina Riveira dijo...

Que regalo más bonito para que tenga Dani. Que recuerdos tan hermosos, me ha encantado Chechu.
Un beso enorme
Mamá.

Ángeles P. dijo...

Chechu, se trata de leer tus textos y de disfrutarlos, no de que se nos salten las lágrimas!!!. Abrazos

Unknown dijo...

Chechu es precioso! Sos genial! Y un recuerdo que Dany tendra para siempre! Al igual que tu familia. Un beso grande Silvia y Hector

puntodidot dijo...

Las lecturas tienen el poder de transportarnos a mundos imaginarios. Entre sus páginas, nuestras mentes exploran vastas aventuras y emociones, creando conexiones únicas que perduran mucho después de cerrar el libro.